"Yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres."

martes, 26 de enero de 2010

LA INTELIGENCIA DE UN CUY

Jaime Bayly

No debí cambiar de vuelo, debí tomar el vuelo de la noche. Una impaciencia torpe, atropellada, me precipitó a tomar el vuelo de la mañana.

El vuelo de la mañana es una experiencia devastadora porque sale tan temprano que no duermes en el hotel y tampoco consigues dormir apropiadamente en el avión y cuando llegas a Lima al mediodía te enredas en el tráfico espeso y fragoroso de la ciudad y cuando por fin llegas a tu casa eres una ruina andante que a duras penas puede arrastrarse y balbucear unas pocas palabras envenenadas por el mal aliento, la fatiga y el desánimo, unas palabras lastradas por el hastío de tantos y tantos viajes para llegar no se sabe bien adónde.
Lo cierto es que cuando entro a mi casa estoy tan exhausto y malhumorado y espantado de la miserable rutina de seguir viviendo y viajando que procuro no hablar con nadie y encerrarme en mi cuarto y tomar un cóctel de somníferos y dormir todo lo que pueda para salir del pozo séptico en el que me hunden los viajes por la mañana.
Por eso fue particularmente humillante llegar a casa, abrir la puerta y descubrir que alguien había dejado cerrada con llave la puerta de mi cuarto y yo no tenía la llave y por tanto no podía entrar a mi habitación y echarme en mi cama, como lo tenía bien merecido.
¿Quién había echado llave a mi cuarto y quién tenía la llave? Este era un misterio insondable para mí. En las condiciones estragadas en que me hallaba, razonar pacientemente era una quimera, un empeño inhumano. Mis hijas estaban de viaje, una en Ginebra en un internado aprendiendo francés y sobre todo aprendiendo a esquiar (o perfeccionado sus dotes de esquiadora intrépida) y la otra en New Canaan, Connecticut, visitando a una amiga y desplazándose todas las mañanas a Manhattan para trabajar como practicante con una decoradora de los departamentos del viejo Hotel Plaza. La madre de mis hijas (que suele tener todas las llaves de la casa y las de mi vida en general) estaba también de viaje, haciendo nada en Nueva York, que sin duda es lo más placentero de estar en Nueva York en enero: hacer nada y ver caer la nieve y caminar unas pocas calles sintiendo el azote del viento helado en las mejillas, las orejas y los labios. ¿Se había llevado ella la llave de mi cuarto, dejándolo cerrado e impidiéndome la entrada? No cabía en mi taladrada cabeza tal hipótesis insana. No podía ser tan despistada. Alguien en Lima tenía que estar en posesión de las llaves que me conducirían a mi cuarto, es decir a mi cama, es decir a mis cuatro o seis horas de sueño inducido, es decir a recuperar mi condición humana antes de volverme un sicópata y matar a alguien.
Quise llamar por el celular a la empleada y al chofer, quienes se encontraban de vacaciones aprovechando el viaje de mi señora (que no sea ya mi esposa no impide que siga siendo mi señora, si me dejo entender) y mis hijas, pero tenía la batería descargada y no podía hacer llamadas. No me quedó más remedio que sentarme en la sala, enchufar el celular, tirarme en el sofá escuchando las cornetas de los heladeros y el canto de los gorriones, y esperar. (El teléfono fijo de la casa estaba en mi habitación y no podía acceder a él).
Fue un momento de feroz ensañamiento con todos los sospechosos del contrariado trance en que de pronto me hallaba, sospechosos que sólo podían ser tres: el chofer y custodio, celoso guardián de mi integridad física y entusiasta partidario de mi candidatura presidencial; la rolliza empleada que seguramente se encontraba bailando en una pollada de sábado a mediodía o chupando las patas fritas de un cuy recién apaleado; y mi señora, quien tal vez en un descuido había echado llave a mi cuarto y había viajado muy oronda a Nueva York con la bendita llave en su cartera.
Como a mí las llaves se me pierden o se me caen en el camino o me las roban o se me desaparecen sin explicación alguna, nunca tengo llaves conmigo y dondequiera que vaya me espera alguien con las puertas abiertas y un jugo de naranja con papaya para mitigar el mal aliento del viaje mañanero. Poseo algunas propiedades por aquí y por allá, pero no poseo las llaves de esas propiedades, quien las posee y las cuida es la digna señora paseandera que me dio dos hijas y tiene una colección de llaves que de solo verla me provoca estupor y un calambre holgazán.
Una vez que cargué la batería del celular, llamé al chofer y custodio, entrenado en el uso de armas de fuego para matar a mis enemigos. El joven negó con vehemencia que hubiera echado llave a mi cuarto y que tuviera la llave consigo. Le pedí el celular de la señorita empleada cuyo paradero ignoraba: podía estar en Lima, en provincias o en un lugar aún peor. Tomé nota de su número y la llamé. Me contestó con voz risueña, es decir con su voz habitual. Una de las virtudes de la señorita empleada es que nunca nada consigue crispar sus nervios y ponerla de malhumor. Es una señorita consistentemente feliz a pesar de que es una señorita que se gana la vida como empleada del hogar (si podemos llamar hogar al caos libertino y decadente que es mi casa, donde cada uno hace lo que le viene en gana y no hay reglas morales y si alguna dictadura impera es la del capricho de las mujeres de las que soy súbdito y esclavo). La feliz empleada me dijo que ella era la culpable del tormento en que me encontraba. Ella había echado llave a mi cuarto por temor a que alguien se metiera a robar mi computadora. Ella tenía la llave. Ella estaba de vacaciones en casa de su hermana, en uno de los conos de Lima, es decir en un barrio marginal que yo no había pisado ni pisaría nunca. Le rogué que viniera en mi auxilio con la llave. Solícita y cordial, me dijo que tomaría un Tico (lo que no era un cereal crocante, sino un taxi diminuto y amarillento y tal vez con manchas de sangre de una cantante folclórica) y vendría con la llave a rescatarme de la demencia rabiosa que martillaba mi cabeza y me carcomía las entrañas. No me pareció educado agredirla verbalmente por cometer tamaño error. Lo había cometido por temor a que algún rufián o pilluelo se introdujera en mi habitación, no había dolo ni mala fe en el crimen doméstico.
Esperé y esperé y tomé una pastilla y otra y otra más para no enloquecer y sucumbí a la rabia en estado puro y le escribí un correo electrónico a mi señora culpándola del incidente por no prevenir a la empleada de mi llegada y pedirle que me esperase con las puertas abiertas y el jugo recién exprimido y vomité en la pantalla de la computadora una frase injuriosa que la madre de mis hijas no merecía pero que no pude evitar en ese momento de desesperación: “Tienes la inteligencia de un cuy”. Esto fue doblemente agraviante, dado que 1) ella es una mujer muy inteligente y 2) no puedo afirmar con certeza que la inteligencia promedio de un cuy sea inferior a la mía o la suya. Podía, pues, ser un elogio, si hubiese algún estudio científico demostrando que el cuy es más inteligente que el humano promedio, pero la intención obvia de la frase no era halagarla sino humillarla y culparla de la desgraciada situación de estar en mi casa sin poder llegar a mi cama por culpa de A) el celo paranoico de la empleada rolliza que temía que un malhechor entrase a mi cuarto a robarse la computadora con mis novelas en ciernes, B) el inexplicable descuido de la susodicha empleada que se fue de vacaciones sin dejar en mi casa la llave de mi cuarto, y C) la imperdonable distracción o indiferencia de mi señora, que sabía de mi llegada a Lima aquel mediodía aciago y no se tomó el trabajo de llamar a la empleada para pedirle que suspendiera un día sus vacaciones y fuese a mi casa a esperarme con el jugo recién hecho y las puertas abiertas.
No siendo justo que culpase con más ferocidad a mi señora ex esposa que a la señorita empleada doméstica rolliza, eso mismo fue lo que hice, porque ya se sabe que el mundo es todo menos justo y que un hombre furioso, humillado, despechado, que no puede llegar a dormir a su cama, no podría ser justo aunque lo intentara. Por eso le escribí a mi señora: “Harías bien en quedarte a vivir en Nueva York”. Ella tuvo el buen tino de no responder mis agravios, tal vez por prudencia o más probablemente porque se hallaba paseando de compras y no leía mis correos vitriólicos.
Al final, tras una larga y desesperante espera, apareció la rolliza empleada, me abrió las puertas, me dejó las llaves, me dio jugos recién exprimidos, me pidió disculpas por las molestias ocasionadas y se retiró presurosa de regreso a la pollada o feria sabatina.
Cuando entré a mi cuarto y me lavé las manos y la cara y me despojé de la ropa y advertí mis pronunciadas ojeras reflejadas en el espejo, había tomado ya tantas pastillas que no sabía cuál de las muchas personas que soy era yo en ese instante: si el cínico suicida, el iracundo malvado, el perezoso genético, el candidato en campaña o el adicto a los sicotrópicos. La respuesta no tardó en llegar: abrí los frascos, tragué un número prohibido de sedantes hipnóticos (“si sigue usted tomando tantas pastillas se matará, señor Jaimito Baylys”, dicen los médicos, esos pájaros de mal agüero) y me costó trabajo caminar hasta la cama.
Tendido boca abajo, desnudo pero no descalzo, sintiendo una punzada en el hígado horadado que no resistirá muchas drogas más, pensé que la aventura de morir debía de ser bastante más divertida que la de ser presidente de cualquier país. Drogado y baboso como estaba, fui sin embargo capaz de llegar a una conclusión que me pareció simple e irrefutable: si hay alguna forma de vida después de la muerte, si hay un premio o un castigo, si hay una reencarnación según los méritos alcanzados en la vida anterior, si me voy al cielo y me encuentro con gente buena y aburrida o me voy al infierno y me reúno con gente malvada y divertida, o si una vez muerto simplemente me pudro y no hay nada de nada y dejo de ser el hablantín que soy, cualquiera de esos escenarios tiene que ser menos arduo y farragoso que el de gobernar a mi país, que viene a ser una forma de irse cinco años al infierno sin haberse muerto del todo y con la alta probabilidad de que luego te metan veinticinco años a una mazmorra dantesca sin tampoco haberte muerto del todo. Lo que más te conviene y le conviene a tu país es que te mueras después de las elecciones, pensé, y luego dormí con una idea seductora, reconfortante: ganaré las elecciones y a continuación me marcharé discretamente, dejando una nota que diga: “Mil disculpas, pero tengo la inteligencia de un cuy”.

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